CUARTO OSCURO

Mujer amanecida

Por: Rigoberto Hernández Guevara, 06-02-2018 .

Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Inesperadamente la mano alzada se detuvo en el aire, paralizada en una coma. El hombre miró otra vez el espacio claro, transparente del aire, espacio entre su mente y el frívolo ordenador donde las palabras tibias se habían plasmado hacía mucho rato en el principio de la historia.

Ahora lo sabía, inconscientemente había estado escribiendo en automático y no sabía qué precisamente. Estaba perdido, tal vez bastara con leer de nuevo. Pero si asumía recordar, no recordaba. Había que leer y retomar el círculo vicioso de la sangre circulando locamente en las venas, rebotando en espasmos del cerebro.

Le contaba mucho saber describir y habitualmente vivir para la atmósfera artificial creada por él mismo en sus delirios de rupestre diseñador de espacios, en su reloj de arena en aquel cuarto. Reloj clepsidra para bañarse en dos por tres en las aguas frías y medicinales de esta larga temporada invernal.

La mano alzada interrumpida así de pronto era como una dama, una bella mujer levantándose asustada con la nítida timidez del alba.

El cuento era más o menos así, según pudo releer: La mujer, personaje principal, había soñado con despertar repentinamente en otra mañana, no aquella en donde lo miraba quebrada y sin motivación observando desde la penumbra el trajinar de los objetos deambulando en su mareo matutino de modorra en la recámara.

Desde entonces el hombre dejó de escribir y vuelve a esa mano alzada donde ha estado desde hace rato, para evitar escribir algo que realmente no exista. Usted sabe, alucinaciones propias de un escribidor con una taza de café, un cigarro en mano y el aire reventando las ventanas y rendijas de la mañana.

El, posó un poco la mano en el reparador descansillo de la nada que suelen ser esos muebles que sostienen una antigua generación de computadores lentos y perdidos en su pasado. Se mesó los largos cabellos de cliché, y en un clásico de clásicos en este tipo de relatos, se vio al espejo.

Entonces en el visor del reflejo manchado con los años, la vio a ella. Así como acabada de levantar. Así como andaba desgarbada por el camino de la cama a la estancia.Trisada por los cabellos ondulantes rumbo al suelo, con sus manos sujetados a la bata. Asomándose desde la única puerta de aquel cuarto, sonriente.

El hombre pensó en que, si por algún motivo debía salir corriendo, ella podría evitarlo fácilmente. Aquél escape de hecho podría ser un suicidio si así se pensara propiamente. Sin domino del texto, dejándose llevar por la corriente a esa otra parte del cuento.

Sin lugar a dudas no le quedaba otra más que continuar escribiendo, pulsar la tecla arrancándose los dedos, golpetear así hasta su muerte, del otro lado de la vida, lo que siguiera. Por decir algo o dar una idea de lo que aquel pobre sujeto sentía.

Ignoraba por qué de momento no deseaba separar los ojos del ordenador como si un dictado de Dios le ordenase esto y él hiciera o deshiciera a capricho de aquella voz lejana.

También evitó voltear a donde ella se había aparecido, por el temor muy razonable de que ya no estuviera ni lo viera con esos ojos felinos que lo hicieron cruzar la frontera y volver loco y sin aliento a mesarse de nuevo los cabellos, encender otro cigarrillo y terminarse el café inagotable en otros tiempos.

Así que continuó describiéndola tal como la había visto con su piel de grana replegada al hueso, sus labios gruesos y soporíferos silbando en su mismísimo aliento cercano ahora en los suyos. Por eso es que, sujetándola por la cintura, la hizo suya en el amanecer.

Y antes de que la mujer aquella le remitiera su voz pastosa de mujer amanecida en el cuarto, sugiriendo algún reclamo, el hombre aquel dio un sorbo a la taza de café sin café y salió para siempre.

HASTA LA PRÓXIMA

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