CUARTO OSCURO

La entrevista

Por: Rigoberto Hernández Guevara, 07-02-2018 .

Cuando decidí entrevistarlo fue un impulso. Lo reconozco ahora que en la antesala de saludarlo y verlo a la cara me siento inquieto. Quién será ese personaje que apenas conozco y a quien he leído muy recientemente.
Ya con el compromiso encima leí dos o tres textos en el falso tiempo que apenas me queda para leer otras historias que no sean la propia, así que lo leí un fin de semana con la tranquilidad de quien durante el día no tiene qué hacer nada, sino leer.
Nunca preveo las entrevistas hasta que veo al personaje venir, aproximarse a unos metros. Por lo general se tienen algunos anticipos de la mirada, más de unas palabras intercaladas.
Pero ¿Qué se le puede preguntar a una persona como ésta?
Lo que leí en sus textos, dos o tres frases, se me grabaron de momento, pero cuando decidí sacar alguna conclusión resultaron contradictorias y las he olvidado. Fue como un pasaje, un viento transparente. Un frío que al llegar se instala en otro momento del tiempo.
Por eso es que ahora que lo veo venir, eché mano a mi intuición de entrevistador incipiente, pero de buen interrogador. Lo he aprendido en la memoria de las investigaciones a donde la vida me ha llevado temerariamente.
Decía don Andrés Henestrosa que nuestra cultura se reconoce hasta en el modo de andar de las personas. De esa manera se puede saber quién viven en el llano o quién nació en la sierra. Quién es artesano, artista, o quién se gana la vida con un duro trabajo. Aprendí a leer los ojos cuando estos miran para los lados ¿Qué miran? ¿Qué desparpajo eligen?
Sabía de su sencillez y eso me llevó a pensamientos más difíciles todavía, en la sencillez está el meollo de la vida. Y no es que él me fuese a seguir la corriente, pues sé que me contestaría todo lo que le preguntara, cualquier tontería que se me ocurriera, pero también sé que su respuesta, si la pregunta no valía, la respuesta pronto se disiparía y como otras veces, al llegar a la redacción, tendría poca importancia.
Así que al verlo venir vi su pelo un poco largo, tal vez fuera de onda para esta época, un tanto descuidado como quien no tiene tiempo de cuidarlo demasiado, como si eso no tuviera la menor importancia, como dijo cierta vez en una película el actor Arturo de Córdova. Era cierto, se aproximaba y mis nervios aumentaban, la adrenalina comenzaba a hacer estragos en mi conciencia.
Seguí su mirada: pensé que sus ojos verían alguna circunstancia importante, pero veía un vaso que rodaba con el viento y quedaba donde mismo, una hoja en el suelo que le hacía compañía, tal vez mirase otra cosa y era yo el que alucinaba.
Pronto, luego de las presentaciones de rigor se sentó frente a mí. No pude reconocer en él algún gesto que trascendiera, así como para dar una introducción de un sujeto que bajo alguna importancia encendiera un cigarrillo y me mirara a la cara, sino que sonriendo se quedó un rato callado y luego como si nada, comenzó entrevistarme.
Y yo claro, quise saber qué se sentiría llevar ese nombre, el de llamarse simplemente Rigoberto Hernández Guevara.
Y la entrevista no acaba, continuará seguramente a lo largo de mi vida. Y tal vez la vida no me alcance para buscar la pregunta adecuada…algo que no me pueda responder; no es que él todo lo sepa, es que no le he sabido preguntar nada.
NOS VIMOS.

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