CUARTO OSCURO

LAS CALABAZAS

Por: Rigoberto Hernández Guevara, 14-02-2018 .

Poco a poco se acomodan las calabazas. Aunque la carreta vaya al precipicio, van bien sonrientes las pinches calabazas. Van porque van, no las llevan, aunque arriba de la carreta no puedan hablar. Ni sepan a donde van. Tal vez ya vienen y no se han dado cuenta, entonces que alguien les diga que lo que ellas hagan o dejen de hacer no cuenta.
Así, amarradas en su propia inoperancia de calabazas para una mermelada, un dulce, una paleta una bolsita de semillas de calabaza, como quiera el que las ve las traga.
Pobres calabazas, haber nacido en esta época de luchas armadas, en donde cualquier galleta es pastel, cualquier güey las parte en dos, les da un coscorrón, las cala, las prueba, las pone a hervir, las arroja como si fueran una pelota.
Ahí, aglutinadas en una caja, las calabazas se acomodan o se acomodan, no les queda de otra. Si se sueltan se irán rodando rumbo a la ignominia donde no hay vida sino un paso al vacío donde todo desparece y si existe es como si nadie lo viera. No existe.
En política se hace imprescindible subirse a la carreta como quiera que sea. Arrojado ahí como una piedra, la calabaza es cabeza mocha, espacio faltante en el cuerpo que así, por si misma piensa, pero no puede moverse sino que se arrastra siendo redonda y extraña serpiente.
Adentro, donde las otras calabazas se quedan mirando, la calabaza en sí es un miembro de su propia parte, una contraparte de su propia valía, si aspiró a algo, aquí no puede hacer lo que quiera, ni siquiera hace lo que le dicen porque no puede, no sabe, si sólo supiera.
Con tal fin la calabaza baja el perfil junto a un calabaza más grande aunque más pendeja, se deja llevar hasta el fondo donde los otros pesan porque los trae encima, ruedan cerca de ella, le respiran en la sesera.
En la misma vida, con excepción de la autonomía de aquellos que dicen que caminan aunque no vayan a ninguna parte, las calabazas se animan. Son pobres la mayoría pero hay una que otra riquilla que las ve desde arriba.
Al verse, entre ellas se solidarizan de cierta manera en medio de la envidia que se provocan, de la sabia virtud de querer chingar a la otra.
Entonces una de ella se quiebra, se dobla hacia adentro, se extrae los sesos y cae sin el pellejo al suelo. El suelo, ese tan parejo.
Eso nos aclara que las calabazas aunque se acomoden solas no falta la que no quiera, uno ya sabe que hay de esas que doblan la esquina y no son sinceras, las llevan pero no van, no las pueden dejar porque se sueltan, se desvirtúan, se hacen tierra.
En el camino somos calabazas que llevan, pocos van solos, hay los que llevan multitudes acostumbradas a pegarse hombro con hombro, a solidarizarse entre ellas, a ser uno solo, un esclavo de todos. Sin una se queja, se queda sola, es arrojada a los perros que no la tragan sino juegan con ella.
Desheredada, la calabaza rueda, se reseca con el sol, se llena de putrefacción y se observa. Es naturaleza muerta.
NOS VIMOS.

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